Un domingo

No recordaba la última vez que había madrugado sin sentir un profundo resentimiento
por la vida. Ayer domingo me levanté a las 6.15 de la mañana y en el momento que apagaba el despertador, me alegró darme cuenta de que no había amargor en mis primeros pensamientos.

Salí de casa a las 6.30, aún noche cerrada, y en mi camino hacia la Casa de los Capitanes me fui encontrando con grupos de gente muy joven que regresaba de su fiebre del sábado noche particular. A esas horas, sin haber dormido, y aún con algo de alcohol en la sangre, siempre hablan a voces, en un tono que jamás he soportado mucho. No son muy coherentes en sus discursos y han perdido toda clase de compostura para llevar la ropa que seguro, al comienzo de la noche les otorgaba una imagen elegante y pletórica de juventud.

Dejé de pensar en ellos al pasar por debajo de una ventana de la que salía el sonido mañanero de la radio. Poco después, la luz encendida tras otra ventana. Siempre me sorprende que en los momentos en que la vida no existe para mí, y es que cuando duermo no existo, otras personas estén viviendo sus vidas. Creo que me sorprendo de que vivan y luego me vuelvo a sorprender por mi sorpresa ante la vida.

Eran las 6.40 cuando llegué a la Casa de los Capitanes. Fui la primera de las quizá doscientas personas que nos juntamos a lo largo de la mañana para ver en directo A vivir que son dos días. Desde hace algo más de un año, cada sábado por la mañana inauguro mi fin de semana con la sintonía de los Pasajeros en tránsito. No me levanto hasta que no les he escuchado relatar cómo les ha ido la semana.

Ayer puse cara a las voces tan familiares de los pasajeros y aún no he logrado borrar de mi mente la impresión que me causó la mirada de Carol. Nos miraba, al público, con unos ojos tan enormes de asombro, llenos de timidez y pudor, que al oír su voz tan poco tímida y aún menos pudorosa, me quedé desconcertada. La vi indefensa y la oí, como siempre, armada hasta los dientes para afrontar las crueldades familiares que le han tocado en suerte.

Las caras con sus voces… la de Moisés también me sorprendió, casi diría que me sobrecogió, aunque aún no estoy en condiciones de explicar por qué.

Luego me reí con Manolo Vieira, con Manu Berástegui… con todo, disfruté muchísimo.

Acabó el programa y continuó el domingo, y conseguí mi reloj del nuevo El País, y luego vino la carrera de Formula 1, y las discusiones de los niños ricos del deporte, y más tarde llegó el lunes de una semana en la que siento que vuelvo a ser capaz de madrugar.

~ by dejardeimaginar on October 22, 2007.

One Response to “Un domingo”

  1. Me emociona verte emocionada.
    e.k.

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