Una vez terminado el taller de Tino Soriano apenas me quedaba una tarde para dar un paseo por Zaragoza. La intención no era más que poner pie en alguno de los iconos turísticos de la ciudad y, cámara en mano, plasmar mi recorrido llevando a la práctica las enseñanzas del curso.
Desde la Pasarela del Voluntariado recorrí el paseo junto al Ebro guiándome por la visión lejana del La Iglesia del Pilar.


Ya anochecía cuando entré en el templo. Allí, a pesar de que se celebraba misa, la multitud de turistas camuflaba el sonido de mi cámara y a mí misma, sentada en el suelo tratando de fotografiar la imagen de no sé muy bien qué Cristo.

En ese preciso momento se me acercó el Señor Enrique. Me abordó para explicarme los detalles del Santuario: el milagro de los proyectiles que no explotaron, el milagro del muchacho que recuperó la misma pierna que años atrás le había sido amputada… “¿La ves, ahí está la Pilarica? ” De no haber sido por mi espontáneo guía jamás hubiera dado con ella. Cómo iba yo a imaginar su reducido tamaño.
En algún momento del fin de semana, Tino nos animó a acercarnos a la fotografía dejando la cámara a un lado, empezando por interesarnos genuinamente por las personas que queremos retratar. Ha de ser un interés absolutamente sincero, nos dijo, de otra manera la lejanía se hará patente en el resultado final.
No soy precisamente una persona capaz de entablar conversación con un desconocido pero ese día tenía presentes las palabras de Tino y allí, a mi lado, estaba Enrique. Me interesé por lo que me contaba, por su vida y sus quehaceres. Reconozco que al principio fue un interés forzado por la palabras del Tino y por mi deseo de fotografiarle. No obstante, al poco, el interés se tornó mágicamente sincero. Me sentí feliz de compartir charla con él, de simpatizar con una persona a priori tan lejana a mí. Fue un verdadero placer conocerle y escuchar sus historias. Me dejó fotografiarle y ahora ya será para siempre la primera persona a la que retraté, bien o mal, pero desde la cercanía, dejando la cámara a un lado. Eso, y su guía por Zaragoza, le agradezco.














